Jesucristo, Promesa de la Fe, del Amor y la Esperanza.
Artículo 127
Lugar/Ort:Gemeindeblatt
Fecha/Datum:1986
Resumen/Skopus: Zur Vorbereitung für die XXIX Conferencia Sinodal, veröffentlicht im Gemeindeblatt-Suplemento 1 - IV. August 1986


Rev. Parroquial Agosto - 1968

MATERIAL PREPARATORIO PARA LA XXX CONFERENCIA SINODAL


Gemeindeblatt Nr. 1/2 -1986-Revista Parroquial-

El concepto evangélico del matrimonio.

Todas las iglesias de la Reforma, comprendiéndose como una
comunidad de hermanos en la cual Jesucristo está presente por el
Espíritu Santo en su Palabra y sus Sacramentos, no conocen una
teología del matrimonio, tampoco un derecho matrimonial
eclesiástico.
Nuestra doctrina sobre el matrimonio es un capítulo de la ética
cristiana que da respuesta a la siguiente pregunta: ¿Cómo
nosotros, cristianos, podemos recibir de manos del Creador los
dones para asumir la responsabilidad ante la vida y la creación
toda en nuestro carácter de criaturas suyas ?
Ciertamente esta doctrina no puede ser una doctrina completa. El
protestantismo comprende una variedad de concepciones y opiniones
que son la condición previa para un diálogo franco entre
cristianos en vista a los cambios en la sociedad con sus nuevos
aspectos en los problemas matrimoniales, sexuales y de
planificación familiar.
A pesar de esta realidad, existe una amplia conformidad que está
fundamentada bíblicamente y da la posibilidad para una descripción
responsable del entendimiento evangélico del matrimonio en sus
estructuras más importantes.
Nuestro Creador con su creación y sus criaturas es una realidad
que no depende de nuestra fe cristiana, y tiene validez para todos
los hombres, incluso fuera de la Iglesia. No se nos pregunta por
una eventual negación o rechazo. Sin embargo en su Iglesia
llegamos a saber por Jesucristo que tanto esta creación como
nosotros mismos, somos la obra del Creador, que es su Padre y en
consecuencia también nuestro Padre. Somos su obra, no el producto
casual de fuerzas anónimas de la naturaleza del cosmos.
Según el testimonio de las Sagradas Escrituras, especialmente por
los dos capítulos de Génesis 1 y 2, estamos convencidos que la
realidad del matrimonio es una realidad de la creación de Dios.
Por eso Martín Lutero pudo decir que el matrimonio es una realidad
de este mundo. Así el matrimonio juega un rol muy grande en la
vida de la humanidad de todas las épocas y culturas; no solamente
para el sostén del género humano, sino también para un complemento
y una ayuda mutua en la práctica de las tareas encomendadas en la
creación, mediante la capacidad de amar y capacidad sexual para la
realización de la propia personalidad humana como hombre y mujer.
Independientemente del 6-to mandamiento que es normativo para el
pueblo de Israel y para la cristiandad, y por el cual el
matrimonio está puesto bajo la protección de Dios, este matrimonio
como una comunidad humana especial es aceptado y guardado por la
sociedad en todos los tiempos y pueblos, previo cumplimiento de
ciertos requisitos. Para eso cada sociedad humana se dio y aun hoy
se da leyes, reglamentos, costumbres y ritos que deben ser
cumplidos, pero dejan también cierta libertad para que cada pareja
pueda estructurar individualmente su propio matrimonio. Sí,
podemos decir que Dios mismo es quien da a los esposos la
responsabilidad para la constitución del matrimonio y la conducta
de su vida en común. No reconocemos un modelo ejemplar de
matrimonio que sirve para todos los tiempos.
Un matrimonio tampoco es descriptible definitiva y completamente.
Según el concepto de las iglesias de la Reforma, un matrimonio en
el sentido de nuestro Creador, es una comunidad conyugal que fue
pactada voluntaria, pública y exclusivamente entre un hombre y una
mujer para toda la vida. En él, ambos cónyuges ponen en práctica
sus capacidades de amor y su sexualidad para realizarse como seres
humanos diferentes, pero del mismo valor, obrando responsablemente
en el sostén del género humano y ayudándose en todos los aspectos
de la vida diaria.
Sabemos que en el pueblo de Israel el acto de la celebración del
matrimonio no era un acto religioso, sino de derecho civil. No se
diferenciaba del ambiente pagano. El compromiso matrimonial,
normalmente negociado y tratado por los padres, era pactado en
presencia de dos testigos; era una alianza originalmente verbal,
más tarde se hacía por escrito. El compromiso era obligatorio para
el matrimonio, pero el casamiento se realizaba en el momento en
que el comprometido llevaba a su comprometida a su casa. La
cristiandad primitiva, y más tarde también los cristianos en el
Imperio Romano, entendieron por lo tanto el matrimonio como un
asunto del derecho civil. Las costumbres y tradiciones paganas
fueron aceptadas.
Algún tiempo después, la Iglesia comenzó a realizar una proclama
matrimonial en relación con la misa nupcial. Esta misa significaba
la bendición de un matrimonio ya pactado y realizado. La proclama
matrimonial fue declarada ley canónica en el Sínodo de Laterano en
el año 1139, y en el año 1215 sería renovadamente firmada como una
obligación, por el 4-to Sínodo de Laterano. Recién en el siglo
catorce se desarrolló la bendición nupcial como acto de
celebración del matrimonio, realizándosela ante la puerta del
templo. La celebración en la misa nupcial empezó en el siglo
dieciséis, después que en 1439 el Concilio de Florencia declaró al
matrimonio, con el "Decretum por Armenis", como uno de los
sacramentos. En el Concilio Tridentino del año 1563, el sacramento
"matrimonio" fue llamado expressis verbis "medio de gracia"
-conferre gratiam-.
Los reformadores, y consiguientemente también las iglesias de la
Reforma, no podían aceptar el desarrollo del matrimonio como un
sacramento -medio de gracia-. Entendieron el matrimonio como parte
del actuar de Dios como Creador, no como Salvador. El matrimonio
está dentro del primer artículo del credo cristiano, no dentro del
segundo. Participa del mundo natural, no sobrenatural- Mateo 22:
39. Está en la ética cristiana donde enseñamos sobre la realidad
del matrimonio. En ella la expresión de la respuesta al accionar
creador y divino.
A partir de este entendimiento, las iglesias de la Reforma aceptan
que el matrimonio como institución, inclusive el acto de su
celebración con el consenso obligatorio y público de los cónyuges,
normalmente es ordenado en una forma correcta en los Estados
constitucionales de derecho, sin que la Iglesia necesite una
propia jurisdicción para ello. Por eso, la bendición nupcial en
nuestras iglesias no es un acto de celebración del matrimonio,
sino una bendición de un matrimonio después del acto en el
Registro Civil. Se espera que los esposos cristianos no empiecen
su vida matrimonial sin esta bendición, que es también normalmente
una condición para el bautismo de sus hijos.
En un Estado que no es un Estado de derecho y que no ordena
correctamente el matrimonio con leyes, como por ejemplo la
elección libre del esposo o la esposa, celebración del matrimonio
para toda la vida y monogamia, también las iglesias de la Reforma
deberían preparar una reglamentación propia.
El compromiso mutuo de los esposos en el culto evangélico de la
bendición nupcial, no es una repetición o una confirmación del
consenso obligatorio en el Registro Civil, sino únicamente un
compromiso de aceptar su matrimonio como un matrimonio cristiano,
aceptar su nuevo estado como un campo de acción de su fe
cristiana. Visto históricamente, el compromiso mutuo en la
bendición nupcial en las iglesias de la Reforma, significa un
remanente del tiempo de la Reforma, de la separación de las
iglesias católica y evangélica, del tiempo en que no existían
Registros Civiles y todas las iglesias, también las evangélicas,
tenían una jurisdicción propia en que llevaban los registros
referidos a las personas. Pero también hemos de decir que hasta
hoy, en las iglesias de la Reforma, hay miembros que entienden el
culto de bendición nupcial con el consenso mutuo como el acto
verdadero de la celebración del matrimonio.
En una publicación de la Iglesia Evangélica en Alemania se lee
esto: "La bendición nupcial evangélica presupone el casamiento en
el Registro Civil, es preparada en un diálogo con la pareja y se
desarrolla en un culto público con predicación, confesión,
oración, intercesión y bendición. Esposos que viven según el
ofrecimiento de la predicación del evangelio y confían en la buena
nueva reconociendo su matrimonio como un don de Dios y poniéndolo
bajo la soberanía del Señor Jesucristo, forman su matrimonio como
un lugar de prueba de su fe y una vida ante Dios, en la misma
manera como, por ejemplo, el cristiano desarrolla su profesión."
Las iglesias de la Reforma no pueden aceptar la explicación de
Efesios 5: 32 como argumentación que el matrimonio sea un
sacramento. Para nosotros la palabra "misterion", no significa
según la Vulgata "sacramentum". "Misterion", quiere describir "el
uso secreto de una realidad humana y terrenal como una parábola de
una realidad del Reino de Dios". Según Marcos 4: 11 - 12,
Jesucristo dijo esto. En este sentido, Efesios 5: 32 es para
nosotros una parábola que en una manera misteriosa describe o
mejor dicho, anuncia la relación no descriptible de Jesucristo con
su Iglesia; siempre según el amor mutuo de los esposos en un
matrimonio.
Diciendo todo esto, no significa que el matrimonio, según las
enseñanzas evangélicas, está fuera del Reino de Dios o fuera de su
gracia y de su justicia. Así, el matrimonio no es un sacramento.
No es un medio de gracia, pero sí es un campo especial en el que
la fe cristiana puede desarrollarse plenamente. Es un campo en el
que, por la Palabra de Dios y por sus Sacramentos, se forma y
crece una comunidad cristiana que vive en la obediencia a su
Señor. Podemos decir también que un matrimonio, parte de la
creación de Dios, es santificado por la fe cristiana.
En el acta final de la "Comisión de Estudios Católicos, Luteranos
y Reformados" del año 1976 leemos, entre otras cosas, acerca de
una convergencia limitada en lo referente al matrimonio: "El
misterio de la encarnación de Cristo debe ser relacionado con el
estado matrimonial. Cristo dona a los esposos su gracia como una
promesa que no puede ser una posición rígida, pero que obra
verdaderamente. Hablando en este sentido de la iniciativa que se
parte de la promesa para los esposos, y de la experiencia
renovadora que deben hacer los esposos por la fuerza del Espíritu
Santo, esto significaría hablar del carácter (calidad) sacramental
del matrimonio como también afirmar que el matrimonio es un signo
de la alianza".
Como consecuencia de esta convergencia debemos contestar las
siguientes preguntas: ¿Es la relación de Cristo con el matrimonio
una gracia matrimonial especial que completa y llena el bautismo;
es ella una gracia que es recibida por los esposos en el evangelio
por la fe, lo que sugiere la palabra "promesa"?
Fundamental para un matrimonio es que forma una comunidad especial
de un hombre y de una mujer que vale toda la vida de los esposos.
Esto es anunciado y afirmado en el relato de la creación, en el
6-to mandamiento y también en muchos otros textos del Antiguo y
del Nuevo Testamento. Esto tuvo validez también en los casos en
que, en el principio del pueblo de Israel, esa realidad fue
oscurecida. Se observa siempre de nuevo los esfuerzos para renovar
este fundamento ideal de la monogamia para toda la vida. Por lo
que significa el matrimonio, estamos convencidos de que éste
solamente es posible entre un hombre y una mujer con validez para
toda la vida.
En tiempos pasados se hablaba en la etnología de un desarrollo del
matrimonio en la humanidad, de un cambio desde la promiscuidad en
la poligamia hacia la monogamia. Hoy se reconoce que desde él
principio existió la monogamia como estructura fundamental, aun
con sus anomalías y desfiguraciones. Este matrimonio para toda la
vida, como todas las otras relaciones humanas, está amenazado
continuadamente por culpa y pecado. Pero como cristianos sabemos
que por la fe cristiana, por nuestro Señor Jesucristo, por el
perdón de la culpa y por una renovación permanente del amor, el
matrimonio no necesita ser destruido. El anuncio de las Sagradas
Escrituras consiste en que el matrimonio es un don de Dios,
nuestro Creador, y que aquello que Jesucristo, nuestro Señor y
Salvador, hizo por nosotros mediante su vida, sus padecimientos y
su muerte y que se actualiza en la renovación de nuestra vida por
el perdón de nuestra culpa, tiene validez también para los esposos
y debe ser el centro del anuncio del evangelio en la cura de alma
y del trabajo pastoral con los matrimonios.
Pero igualmente conocemos la fuerza destructora del pecado que
destruye donde la fe construye. Estas fuerzas destructoras de
dentro y de fuera del matrimonio, en situaciones difíciles o
extraordinarias, pueden causar una rotura que lleve a la
destrucción total sin la posibilidad de una renovación. En estos
casos, y después del fracaso de todos los esfuerzos para la
renovación de ese matrimonio, la separación y el divorcio y
también la aceptación de un nuevo matrimonio, podría ser una ayuda
para ese matrimonio fracasado y para su familia. Comprendemos este
actuar como esfuerzos y servicios a favor del matrimonio y de la
familia. Lo mismo pensamos de una colaboración de Iglesias y
Estado para el perfeccionamiento de las leyes de divorcio a favor
de los esposos e hijos en un juicio civil.
Este actuar de las iglesias de la Reforma está en conformidad con
las iglesias ortodoxas y no significa la renuncia a nuestra
enseñanza de la estructura matrimonial como monogamia para toda la
vida. La aceptación de un derecho de divorcio se fundamenta en el
conocimiento del poder del pecado. Quien quiera imponer a toda
costa la indisolubilidad del matrimonio mediante el derecho, debe
permitir que se le pregunte por el valor que asigna al éxito de la
ley.
Las iglesias de la Reforma comprenden la bendición nupcial de
divorciados como un caso excepcional, no anulando con ello el
principio del matrimonio pactado para toda la vida. Creyendo que
por arrepentimiento y perdón se abre un camino nuevo a los que se
hicieron culpables por su fracaso, la Iglesia, según nuestra
opinión, no puede negar en forma general y en cada caso un nuevo
matrimonio con una bendición nupcial, sin ocultar las dificultades
en el tratamiento pastoral en ese caso especial.
En los matrimonios libremente pactados se realiza la capacidad
mutua de amor de un hombre y de una mujer que nos fue dada con la
sexualidad. Por este don, otorgado por Dios, estamos capacitados y
encargados a participar responsablemente en él sostén del género
humano. Los hijos son don y deber dados con el matrimonio. El
número de los hijos y el intervalo entre los partos son
responsabilidad de los esposos ante Dios. El matrimonio que niega
de principio esta responsabilidad a favor del sostén del género
humanos, falta al sentido de su matrimonio. Hoy no podemos decir,
como hace siglos, que el sentido del matrimonio con el don de la
sexualidad está en la procreación, en el alumbramiento y en la
educación de hijos. La capacidad mutua del amor y la realización
de la existencia humana por vivir su sexualidad en el matrimonio,
son valores en sí mismos y son fundamentales en un matrimonio,
también en el caso que no pueden recibir hijos. Las iglesias de la
Reforma no pueden aceptar el aborto como una forma de la
regulación de nacimientos.
Hablando de matrimonios, no olvidamos que también los no-casados
reciben de Dios posibilidades y tareas especiales para poder vivir
plenamente su vida humana, claramente diferente a la de los
casados, pero siempre según la voluntad del Creador, ya que son
sus queridas criaturas igual que los casados.
1 Timoteo 4: 5
"Pues todo lo que Dios ha creado es bueno; y nada debe ser
rechazado si lo aceptamos dando gracias a Dios, porque la palabra
de Dios y la oración hacen sagrado."

Carlos Schwittay

con nuestro propósito de publicar en estas páginas centrales
desglosables el material informativo y didáctico que sirva para la
preparación de nuestro próximo sínodo, entregamos en este número
la meditación escrita por el pastor Carlos Schwittay referente al
lema elegido para dicha reunión.

L E M A

JESUCRISTO, PROMESA DE LA FE, DEL AMOR Y LA ESPERANZA
1ro. CORINTIOS 13,13
"Tres cosas hay que son permanentes: la fe, la esperanza y el
amor; pero la más importante de las tres es el amor"

El apóstol Pablo se considera personalmente responsable por la
comunidad en Corinto. La fundó durante su segundo viaje misionero
en el año 51 con su predicación del evangelio de Jesucristo. Esta
ciudad griega, caracterizada por su alto desarrollo cultural que
aún hoy sigue influyendo sobre la nuestra y también conocida por
su comercio mundial, estaba en el punto de intersección de dos
culturas diferentes que luchaban por imponerse. Una venía del
este, marcada por innumerables mitos religiosos y cultos píos. La
otra procedía del oeste e introdujo en el país el orden romano con
leyes, reglamentos y reglas.
En las luchas de sus césares y soldados por el dominio del mundo,
el Imperio Romano ya había sometido a su hegemonía los países
mediterráneos, incluida Grecia. En el año 146 antes de Cristo,
Corinto fue destruida por los soldados romanos, y 100 años más
tarde, erigida nuevamente sobre sus ruinas por Julio Cesar. Por su
comercio y su puerto, se desarrolló una metrópoli en la que se
establecieron hombres de diferentes países y donde los vicios se
instalaron cómodamente.
El apóstol Pablo también vino a esta ciudad, y habiendo predicado
el mensaje de Jesucristo inicialmente en las sinagogas, luego de
una enemistad profunda con el grupo pequeño de judíos que no
podían aceptar el mensaje del Cristo crucificado, pasó a predicar
públicamente en las calles de la ciudad. Tuvo que comprobar que su
mensaje era un escándalo para los miembros de su pueblo, y para
los paganos una locura. A este crucificado, un criminal condenado
a muerte -así lo entendían los oyentes de Pablo- el apóstol lo
anunciaba como "el único Señor del mundo que tiene en sus manos
los cielos y la tierra". Para él, "están bajo el poder de este
Señor también los poderosos del mundo, como los césares del
Imperio Romano que se han hecho adorar y venerar como hijos de
dioses y salvadores divinos". Por eso, este mensaje del apóstol
fue recibido, por un lado, con desprecio y burla, y por el otro
lado, con odio y enemistad que llevó a una persecución sangrienta.
En la cristiandad primitiva se aceptaba como cristiano a aquel que
confesaba públicamente que "solamente hay un único Señor sobre
cielo y tierra: Jesucristo". Pablo anunció claramente que Dios
mismo, por este Señor crucificado, posibilitó con su gran amor un
nuevo comienzo para cada hombre y para la humanidad entera. Esto
se realizó y se realiza en medio de este mundo que por nuestra
culpa es un mundo en destrucción, implantando su reino con una
esperanza nueva y profunda hacia un futuro feliz. En este nuevo
futuro los hombres no se enfrentan más con odios y enemistad, sino
con un amor ayudador y perdonador.
Por la testificación de este mensaje del apóstol, se hizo realidad
el milagro de formarse un grupo de personas que, no haciendo caso
a burlas, desprecios y persecución, no solamente aceptaron al
evangelio para si mismos, sino también empezaron a colaborar con
Jesucristo el Señor crucificado, en la preparación de un mundo
nuevo, en la instalación del reino de Dios en medio de este mundo
en destrucción.
Así empezó la historia de la comunidad cristiana en la ciudad de
Corinto. Sabemos que los miembros de esta comunidad no eran
sabios, estudiosos, poderosos o ricos, sino especialmente pobres,
esclavos y algunos venían del mundo de crímenes y vicios. A todos
ellos, paganos salvo uno, Jesucristo les había dado una nueva
vida. Todos estos miembros de la comunidad son llamados "santos".
Esperaban el regreso de su Señor, la renovación de la creación de
Dios y la perfección del reino de Dios con paz, alegría, y una
vida humana para todos los seres humanos, vida que pueda llamarse
verdaderamente vida en el sentido del Creador.
También después de la partida del apóstol Pablo, él seguía
manteniendo una relación muy estrecha con la comunidad de Corinto
mediante una correspondencia muy intensiva. Tenemos dos cartas del
apóstol a los corintios y hay referencias de una tercera que se
perdió. Las que ellos habían escrito a Pablo, también se
perdieron. La carta de la que hemos sacado nuestro versículo, es
la primera, escrita en la primavera del año 55 en la ciudad de
Efeso. En esta carta el apóstol Pablo contestó las muchas
preguntas y dio soluciones para muchos problemas de los corintios.
Según estas contestaciones podemos tener una idea de la vida de
comunidad con todos los problemas y dificultades, pero también con
los puntos culminantes de alegría. La comunidad cristiana en
Corinto es una comunidad activa en que todos los miembros se saben
llamados para el servicio al evangelio, y colaboran donde hay una
necesidad. Entre los miembros se descubren muchas capacidades, y
los dones espirituales son desarrollados y utilizados para el bien
de todos.
Lamentablemente, empero, la situación está caracterizada por una
profunda desunión y separación. Dentro de la comunidad se habían
formado grupos alrededor de personas con dones espirituales e
intelectuales, que vivían en disputas y luchas mutuas. Un grupo se
tiene por más pío o creyente o espiritual que el otro. Se acusan
mutuamente de haberse apartado de la fe verdadera. Por los
cristianos que vinieron del paganismo, también entraron en la
comunidad costumbres y formas religiosas del paganismo que ellos
no eran capaces de diferenciar de la fe cristiana. El apóstol
Pablo mismo es atacado por algunos puntos de su predicación. Entre
los miembros también se dio una disputa muy dura sobre la
posibilidad de comer la carne procedente de los sacrificios
paganos que se vendía en un mercado público. De los muchos dones
espirituales resultó que el que tenía un don, solamente se
respetaba a sí mismo con su propia capacidad, despreciando el don
del otro, Esto ocurría especialmente en los cultos y otras
reuniones. Ante todo, faltó el amor. Esto se manifestó
particularmente en la relación de los ricos con los pobres; por
ejemplo, en la ciudad de Corinto normalmente se juntaba la Santa
Cena con un ágape. Cada uno daba para esta comida lo que podía,
todo era partido igualmente entre todos. Muy pronto, sin embargo,
esto cambió. Los ricos venían más temprano con comidas muy ricas y
empezaban a comer sin esperar a que lleguen los pobres y esclavos.
Estos debían comer los restos que dejaban los ricos. También
ocurría que algunos querían ser siempre los primeros, respetados
como hermanos santos, aunque casi todo el mundo sabía que estos
"santos" eran avaros, idólatras, o que entraron en la comunidad
por motivos externos o que eran comerciantes que engañaron a los
otros al comprar o vender.
Con lo que hemos mencionado, no se agotan todos los problemas y
dificultados por los que el apóstol Pablo tuvo que dar consejos,
ayuda, respuesta y exhortación. Basta ver que las primeras
comunidades cristianas, de la misma manera que nuestra iglesia con
sus congregaciones, ya tenía sus problemas y dificultades. Sabemos
claramente que las exhortaciones, consuelos, consejos y ayudas del
apóstol Pablo para los corintios, no puede trasladarse punto por
punto a nuestra situación. En cada época y en cada circunstancia
cambian los problemas y las dificultades tomando otras formas. A
partir de ello, recibimos por la carta del apóstol una regla con
que cada tiempo y cada iglesia con sus comunidades, puede buscar
una respuesta a sus preguntas o una solución a sus problemas. Toda
la vida eclesial y congregacional debe orientarse según esta
regla. También nosotros hoy y en nuestra próxima Conferencia
Sinodal con la Asamblea General en el mes de octube de este año en
Eldorado - Misiones. Esta regla es el lema de todas las reuniones:
"Tres cosas hay que son permanentes: la fe, la esperanza y el
amor, pero la más importante de las tres es el amor" 1ro.
Corintios 13,13.
Un comentarista de la Biblia dijo esto así, a su manera:
"La fe se funda en lo que Dios hizo.
La esperanza se concentra en lo que Dios aún hará.
El amor viene de Dios al hombre y éste contesta con el mismo amor
a Dios y al prójimo".
La vida personal de un cristiano y la formación de una iglesia con
sus comunidades debe constituirse según esta regla. ¿Se realiza
esto en nuestro ambiente eclesiástico?
El apóstol Pablo explicó en su carta lo que significa la fe. El
centro de la fe es para él la intervención de Dios en la historia
de la humanidad para resguardarla la creación de la destrucción.
Por esto Dios nos envió a su Hijo Jesucristo cuyo hacer, actuar y
hablar, presentan el camino de la salvación y la liberación de las
manos del destructor. Esto vale para cada hombre, pero también
vale para toda la humanidad incluyendo la creación toda.
Por todo esto, Jesucristo cimentó las bases de un mundo nuevo en
que gobiernan otras regias que en el mundo viejo transformado por
nuestra culpa en un mundo perdido, un mundo en el abismó de su
destrucción. Este obrar de Jesucristo para nuestra salvación y
para el bien de toda la creación, no fue comprendido primeramente
por los poderes viejos de la piedad. la riqueza y los funcionarios
del Estado y la política. Más tarde fue negado, y al fin,
combatido. Todos los esfuerzos a nuestro favor, con riesgo de su
vida, terminaron con la muerte cruel como de un criminal en la
cruz del Gólgota.
Lo que parecía una derrota total de Jesucristo y el fracaso de su
obra encargada por Dios, empero, se realizó como el cumplimiento y
la coronación divina de su hacer para nosotros. Desde esto podemos
confesar:
"El que con fe reconoce a Jesucristo en la cruz, está salvado en
la misma hora", recibiendo de su Señor el perdón de su culpa. Con
este perdón se abre el camino para empezar de nuevo, para
colaborar en la preparación de un mundo nuevo que empezó ya por y
con Jesucristo. El mundo nuevo existe en medio del mundo viejo que
se cambió por nuestra culpa en un mundo de muerte, opresión y
esclavización. Este mundo de muerte no pudo matar definitivamente
a Jesucristo. Al Viernes Santo le siguió la Pascua de
Resurrección. A la pasión y muerte en la cruz, le siguió la
resurrección. Jesús vive, su obra continúa. Desde la primera
Pascua de Resurrección. El nos llama a ser sus colaboradores y
aprender lo que significa vivir según las reglas del mundo nuevo.
Parte de estas reglas es el Sermón del Monte. Todos los que por su
llamado creen en El, creen que es su Señor y Salvador y aceptan la
colaboración, forman su iglesia, son sus discípulos.
Tenemos la impresión de que los miembros de la comunidad de
Corinto conocían muy bien la fe cristiana, pero que necesitaban
siempre de nuevo que el apóstol Pablo los anime, confirme y
corrija por la predicación del evangelio según las reglas de la
fe. Sabemos muy bien que los funcionarios del mundo viejo siempre
están en la lucha para destruir al nuevo mundo. Parte del viejo
mundo es, como ya conocemos, el poder de la piedad que para
cumplir sus tareas invade a la fe verdadera, caracterizándose por
su orientación hacia el futuro del reino de Dios con ejercicios
rituales, ceremonias y tradiciones, haciendo innocua la fe.
También el poder de la riqueza está en acción para impedir, por
poner de relieve su situación privilegiada en nuestras vidas
diarias, que se realice una hermandad verdadera entre los
cristianos. Hemos visto esto en la formación de la Santa Cena en
Corinto. Para una persona rica es muy difícil, casi imposible,
aceptar que la existencia de ricos y pobres en esta tierra es una
apostasía de Dios creador, y que es una característica del mundo
viejo. En el mundo nuevo, cada creyente está llamado a colaborar
con su Señor para que todos los seres humanos participen
igualmente de los bienes de este mundo y para que ninguno viva una
vida privilegiada, sino que todos los hombres puedan vivir
humanamente. Siendo esta colaboración la tarea de cada cristiano,
podemos comprender que Jesucristo en sus predicaciones no oculta
la dificultad o la imposibilidad de que una persona con muchos
bienes cumpla la tarea mencionada, es decir, ser un discípulo de
Cristo. Este actuar en favor de un futuro mejor para todos los
hombres solamente puede realizarse por un milagro de Dios.
La forma del poder político también quiere influir en la vida de
una iglesia con sus comunidades, como hemos visto en la de
Corinto, para impedir que los miembros colaboren verdaderamente
con su Señor en la preparación e instalación de un futuro nuevo y
mejor. Y este nuestro Señor es el único en una comunidad
cristiana, ningún otro, el que dirige a los suyos por su palabra.
Quien quiera ser un cristiano, obedece a su Señor y es su
colaborador, y es un ayudante de los otros.
Pero se habían formado grupos en la comunidad de Corinto alrededor
de personas líderes, presuntamente firmes en la fe que muchas
veces representaban y defendían una doctrina especial. Estos
grupos con sus líderes y especialidades, tal vez defendiendo
también sus propias verdades, estaban en pugna fanática por lograr
una influencia mayor en su comunidad, posiblemente también por el
liderazgo como en las disputas políticas, sin cuestionarse que
todo lo que se realiza en una iglesia debe hacerse según las
reglas del mundo nuevo y según lo que su Señor y Maestro
Jesucristo manda.
Lo que hemos tratado hasta ahora referente a la comunidad de
Corinto, tiene relación con la fe y la esperanza. Es lo que Dios
hizo por su Hijo en favor nuestro. Es lo que Jesucristo aún hace y
hará en nombre del Padre de los cielos, con nuestra colaboración,
para un nuevo futuro y un mundo mejor. Fe y esperanza son
realidades que hacen que un grupo de personas sea una comunidad
cristiana que está a disposición de su Señor Jesucristo. Estas dos
realidades ya tienen su importancia en la comunidad de Corinto. Se
puede decir que ella vive de manera múltiple y variada. No es una
comunidad moribunda, tampoco muerta, sino que vive verdaderamente.
Desde el principio tenemos la impresión de que algo no funciona
correctamente en Corinto. En esa comunidad falta algo, porque de
lo contrario no existirían tantas discordias, disputas y desprecio
humano. Lo que falta es la tercera realidad que hace que un grupo
humano sea una comunidad cristiana y que esté unida. Falta el
amor, el amor que nos viene de Dios y que en agradecimiento es
correspondido por nosotros con nuestro amor a Dios y a nuestro
prójimo. Este amor implica que un cristiano dé al otro la ayuda
que necesita para poder vivir humanamente y para que pueda salir
de una situación aparentemente sin salidas. El motivo de este amor
no es que yo tenga simpatía por el otro, que el otro sea de mi
grupo étnico, de mi iglesia, que tenga el mismo nivel cultural o
parezca ser digno de mi ayuda. Tampoco puede ser que con mi actuar
yo espera para el futuro algún provecho por parte del ahora
necesitado o de Dios. El motivo verdadero de mi actuar en el amor
al prójimo puede estar exclusivamente en que el otro está en una
situación en que necesita mi ayuda, y que Dios quiere acompañarlo
con su amor por intermedio de mi actuar, del mismo modo que El ya
me acompañó en mi vida. Este amor no se puede describir ni
explicar con lo que entendemos normalmente como amor. Podemos
recibir esta capacidad de amar solamente por un milagro de Dios,
como su don por la fe en Jesucristo.
No solamente en el texto de nuestra meditación, sino también en
otros versículos bíblicos, se testifica que este amor al prójimo
es parte, igual que la fe y la esperanza, de lo que hace que una
comunidad sea una comunidad cristiana, una iglesia. Este amor
tiene su gran ejemplo y modelo en Jesucristo mismo; la forma en
que El se relacionó con Dios y su prójimo. No sólo nos dio el
doble mandamiento del amor como una regla para nuestra vida, sino
que también practicó este mandamiento hasta la forma más difícil,
el amor a los enemigos.
La palabra del Señor en Juan 13, 34-35 a sus discípulos quiere
decirnos que la práctica de este amor entre cristianos es una
buena preparación para poder practicar este amor también en la
vida diaria, fuera de la comunidad cristiana:
"Les doy este mandamiento nuevo: Que se amen los unos a los otros.
Así como yo los amo a ustedes, así deben amarse ustedes los unos a
los otros. Si se aman los unos a los otros, todo el mundo se dará
cuenta de que son discípulos míos".
En casi todas sus cartas el apóstol Pablo escribe la importancia
de esta amor. Por ejemplo en Gálatas 5,6: "La fe obra por el
amor", o
Romanos 13, 8-9: "El que ama a su prójimo ya ha cumplido todo lo
que manda la ley".
Hemos de mencionar también que, según nuestro texto, entre las
tres realidades: fe, esperanza y amor, el amor tiene una
importancia muy grande. En cada caso hemos de reconocer que estas
tres realidades son fundamentales para una comunidad cristiana,
para una iglesia.
Preparando para el mes de octubre en Eldorado/ Misiones nuestra
Conferencia Sinodal y la Asamblea General de nuestra iglesia bajo
el lema:
"Jesucristo. promesa de la fe, del amor y de la esperanza", hemos
de tratar las tareas siguientes:
-Ver las posibilidades de fortalecer la fe en nuestra iglesia y
dar, más que hasta hoy, en nuestro ambiente, un testimonio
auténtico del evangelio de Jesucristo y de lo que Dios ya hizo
para nosotros.
-Tratar también la comprensión y aceptación de que ser cristiano y
ser iglesia siempre significa ser un colaborador o una
colaboradora de Jesucristo para un nuevo futuro y un mundo mejor y
feliz.
¿En qué forma podemos colaborar con Jesucristo en comunión con
todas las iglesias del mundo? Especialmente, dando a conocer para
su aceptación el mandamiento doble de amor, como un milagro en
nuestra vida, en la vida de una comunidad y en la de nuestra
iglesia, y lo que significa todo esto. ¡Cuántos hombres en el
mundo y en nuestro ambiente necesitan este amor ayudador!
1ro. Corintios 13,13:
"Tres cosas hay que son permanentes: la fe, la esperanza y el
amor; pero la más importante de las tres es el amor".

Carlos Schwittay