El concepto evangélico del matrimonio
Artículo 126
Lugar/Ort:Gemeindeblatt
Fecha/Datum:1986
Resumen/Skopus: Publicado en la Revista Parroquial nro. 1/2- 1986.


Gemeindeblatt Nr. 1/2 -1986-Revista Parroquial-

El concepto evangélico del matrimonio.

Todas las iglesias de la Reforma, comprendiéndose como una
comunidad de hermanos en la cual Jesucristo está presente por el
Espíritu Santo en su Palabra y sus Sacramentos, no conocen una
teología del matrimonio, tampoco un derecho matrimonial
eclesiástico.
Nuestra doctrina sobre el matrimonio es un capítulo de la ética
cristiana que da respuesta a la siguiente pregunta: ¿Cómo
nosotros, cristianos, podemos recibir de manos del Creador los
dones para asumir la responsabilidad ante la vida y la creación
toda en nuestro carácter de criaturas suyas ?
Ciertamente esta doctrina no puede ser una doctrina completa. El
protestantismo comprende una variedad de concepciones y opiniones
que son la condición previa para un diálogo franco entre
cristianos en vista a los cambios en la sociedad con sus nuevos
aspectos en los problemas matrimoniales, sexuales y de
planificación familiar.
A pesar de esta realidad, existe una amplia conformidad que está
fundamentada bíblicamente y da la posibilidad para una descripción
responsable del entendimiento evangélico del matrimonio en sus
estructuras más importantes.
Nuestro Creador con su creación y sus criaturas es una realidad
que no depende de nuestra fe cristiana, y tiene validez para todos
los hombres, incluso fuera de la Iglesia. No se nos pregunta por
una eventual negación o rechazo. Sin embargo en su Iglesia
llegamos a saber por Jesucristo que tanto esta creación como
nosotros mismos, somos la obra del Creador, que es su Padre y en
consecuencia también nuestro Padre. Somos su obra, no el producto
casual de fuerzas anónimas de la naturaleza del cosmos.
Según el testimonio de las Sagradas Escrituras, especialmente por
los dos capítulos de Génesis 1 y 2, estamos convencidos que la
realidad del matrimonio es una realidad de la creación de Dios.
Por eso Martín Lutero pudo decir que el matrimonio es una realidad
de este mundo. Así el matrimonio juega un rol muy grande en la
vida de la humanidad de todas las épocas y culturas; no solamente
para el sostén del género humano, sino también para un complemento
y una ayuda mutua en la práctica de las tareas encomendadas en la
creación, mediante la capacidad de amar y capacidad sexual para la
realización de la propia personalidad humana como hombre y mujer.
Independientemente del 6-to mandamiento que es normativo para el
pueblo de Israel y para la cristiandad, y por el cual el
matrimonio está puesto bajo la protección de Dios, este matrimonio
como una comunidad humana especial es aceptado y guardado por la
sociedad en todos los tiempos y pueblos, previo cumplimiento de
ciertos requisitos. Para eso cada sociedad humana se dio y aun hoy
se da leyes, reglamentos, costumbres y ritos que deben ser
cumplidos, pero dejan también cierta libertad para que cada pareja
pueda estructurar individualmente su propio matrimonio. Sí,
podemos decir que Dios mismo es quien da a los esposos la
responsabilidad para la constitución del matrimonio y la conducta
de su vida en común. No reconocemos un modelo ejemplar de
matrimonio que sirve para todos los tiempos.
Un matrimonio tampoco es descriptible definitiva y completamente.
Según el concepto de las iglesias de la Reforma, un matrimonio en
el sentido de nuestro Creador, es una comunidad conyugal que fue
pactada voluntaria, pública y exclusivamente entre un hombre y una
mujer para toda la vida. En él, ambos cónyuges ponen en práctica
sus capacidades de amor y su sexualidad para realizarse como seres
humanos diferentes, pero del mismo valor, obrando responsablemente
en el sostén del género humano y ayudándose en todos los aspectos
de la vida diaria.
Sabemos que en el pueblo de Israel el acto de la celebración del
matrimonio no era un acto religioso, sino de derecho civil. No se
diferenciaba del ambiente pagano. El compromiso matrimonial,
normalmente negociado y tratado por los padres, era pactado en
presencia de dos testigos; era una alianza originalmente verbal,
más tarde se hacía por escrito. El compromiso era obligatorio para
el matrimonio, pero el casamiento se realizaba en el momento en
que el comprometido llevaba a su comprometida a su casa. La
cristiandad primitiva, y más tarde también los cristianos en el
Imperio Romano, entendieron por lo tanto el matrimonio como un
asunto del derecho civil. Las costumbres y tradiciones paganas
fueron aceptadas.
Algún tiempo después, la Iglesia comenzó a realizar una proclama
matrimonial en relación con la misa nupcial. Esta misa significaba
la bendición de un matrimonio ya pactado y realizado. La proclama
matrimonial fue declarada ley canónica en el Sínodo de Laterano en
el año 1139, y en el año 1215 sería renovadamente firmada como una
obligación, por el 4-to Sínodo de Laterano. Recién en el siglo
catorce se desarrolló la bendición nupcial como acto de
celebración del matrimonio, realizándosela ante la puerta del
templo. La celebración en la misa nupcial empezó en el siglo
dieciséis, después que en 1439 el Concilio de Florencia declaró al
matrimonio, con el "Decretum por Armenis", como uno de los
sacramentos. En el Concilio Tridentino del año 1563, el sacramento
"matrimonio" fue llamado expressis verbis "medio de gracia"
-conferre gratiam-.
Los reformadores, y consiguientemente también las iglesias de la
Reforma, no podían aceptar el desarrollo del matrimonio como un
sacramento -medio de gracia-. Entendieron el matrimonio como parte
del actuar de Dios como Creador, no como Salvador. El matrimonio
está dentro del primer artículo del credo cristiano, no dentro del
segundo. Participa del mundo natural, no sobrenatural- Mateo 22:
39. Está en la ética cristiana donde enseñamos sobre la realidad
del matrimonio. En ella la expresión de la respuesta al accionar
creador y divino.
A partir de este entendimiento, las iglesias de la Reforma aceptan
que el matrimonio como institución, inclusive el acto de su
celebración con el consenso obligatorio y público de los cónyuges,
normalmente es ordenado en una forma correcta en los Estados
constitucionales de derecho, sin que la Iglesia necesite una
propia jurisdicción para ello. Por eso, la bendición nupcial en
nuestras iglesias no es un acto de celebración del matrimonio,
sino una bendición de un matrimonio después del acto en el
Registro Civil. Se espera que los esposos cristianos no empiecen
su vida matrimonial sin esta bendición, que es también normalmente
una condición para el bautismo de sus hijos.
En un Estado que no es un Estado de derecho y que no ordena
correctamente el matrimonio con leyes, como por ejemplo la
elección libre del esposo o la esposa, celebración del matrimonio
para toda la vida y monogamia, también las iglesias de la Reforma
deberían preparar una reglamentación propia.
El compromiso mutuo de los esposos en el culto evangélico de la
bendición nupcial, no es una repetición o una confirmación del
consenso obligatorio en el Registro Civil, sino únicamente un
compromiso de aceptar su matrimonio como un matrimonio cristiano,
aceptar su nuevo estado como un campo de acción de su fe
cristiana. Visto históricamente, el compromiso mutuo en la
bendición nupcial en las iglesias de la Reforma, significa un
remanente del tiempo de la Reforma, de la separación de las
iglesias católica y evangélica, del tiempo en que no existían
Registros Civiles y todas las iglesias, también las evangélicas,
tenían una jurisdicción propia en que llevaban los registros
referidos a las personas. Pero también hemos de decir que hasta
hoy, en las iglesias de la Reforma, hay miembros que entienden el
culto de bendición nupcial con el consenso mutuo como el acto
verdadero de la celebración del matrimonio.
En una publicación de la Iglesia Evangélica en Alemania se lee
esto: "La bendición nupcial evangélica presupone el casamiento en
el Registro Civil, es preparada en un diálogo con la pareja y se
desarrolla en un culto público con predicación, confesión,
oración, intercesión y bendición. Esposos que viven según el
ofrecimiento de la predicación del evangelio y confían en la buena
nueva reconociendo su matrimonio como un don de Dios y poniéndolo
bajo la soberanía del Señor Jesucristo, forman su matrimonio como
un lugar de prueba de su fe y una vida ante Dios, en la misma
manera como, por ejemplo, el cristiano desarrolla su profesión."
Las iglesias de la Reforma no pueden aceptar la explicación de
Efesios 5: 32 como argumentación que el matrimonio sea un
sacramento. Para nosotros la palabra "misterion", no significa
según la Vulgata "sacramentum". "Misterion", quiere describir "el
uso secreto de una realidad humana y terrenal como una parábola de
una realidad del Reino de Dios". Según Marcos 4: 11 - 12,
Jesucristo dijo esto. En este sentido, Efesios 5: 32 es para
nosotros una parábola que en una manera misteriosa describe o
mejor dicho, anuncia la relación no descriptible de Jesucristo con
su Iglesia; siempre según el amor mutuo de los esposos en un
matrimonio.
Diciendo todo esto, no significa que el matrimonio, según las
enseñanzas evangélicas, está fuera del Reino de Dios o fuera de su
gracia y de su justicia. Así, el matrimonio no es un sacramento.
No es un medio de gracia, pero sí es un campo especial en el que
la fe cristiana puede desarrollarse plenamente. Es un campo en el
que, por la Palabra de Dios y por sus Sacramentos, se forma y
crece una comunidad cristiana que vive en la obediencia a su
Señor. Podemos decir también que un matrimonio, parte de la
creación de Dios, es santificado por la fe cristiana.
En el acta final de la "Comisión de Estudios Católicos, Luteranos
y Reformados" del año 1976 leemos, entre otras cosas, acerca de
una convergencia limitada en lo referente al matrimonio: "El
misterio de la encarnación de Cristo debe ser relacionado con el
estado matrimonial. Cristo dona a los esposos su gracia como una
promesa que no puede ser una posición rígida, pero que obra
verdaderamente. Hablando en este sentido de la iniciativa que se
parte de la promesa para los esposos, y de la experiencia
renovadora que deben hacer los esposos por la fuerza del Espíritu
Santo, esto significaría hablar del carácter (calidad) sacramental
del matrimonio como también afirmar que el matrimonio es un signo
de la alianza".
Como consecuencia de esta convergencia debemos contestar las
siguientes preguntas: ¿Es la relación de Cristo con el matrimonio
una gracia matrimonial especial que completa y llena el bautismo;
es ella una gracia que es recibida por los esposos en el evangelio
por la fe, lo que sugiere la palabra "promesa"?
Fundamental para un matrimonio es que forma una comunidad especial
de un hombre y de una mujer que vale toda la vida de los esposos.
Esto es anunciado y afirmado en el relato de la creación, en el
6-to mandamiento y también en muchos otros textos del Antiguo y
del Nuevo Testamento. Esto tuvo validez también en los casos en
que, en el principio del pueblo de Israel, esa realidad fue
oscurecida. Se observa siempre de nuevo los esfuerzos para renovar
este fundamento ideal de la monogamia para toda la vida. Por lo
que significa el matrimonio, estamos convencidos de que éste
solamente es posible entre un hombre y una mujer con validez para
toda la vida.
En tiempos pasados se hablaba en la etnología de un desarrollo del
matrimonio en la humanidad, de un cambio desde la promiscuidad en
la poligamia hacia la monogamia. Hoy se reconoce que desde él
principio existió la monogamia como estructura fundamental, aun
con sus anomalías y desfiguraciones. Este matrimonio para toda la
vida, como todas las otras relaciones humanas, está amenazado
continuadamente por culpa y pecado. Pero como cristianos sabemos
que por la fe cristiana, por nuestro Señor Jesucristo, por el
perdón de la culpa y por una renovación permanente del amor, el
matrimonio no necesita ser destruido. El anuncio de las Sagradas
Escrituras consiste en que el matrimonio es un don de Dios,
nuestro Creador, y que aquello que Jesucristo, nuestro Señor y
Salvador, hizo por nosotros mediante su vida, sus padecimientos y
su muerte y que se actualiza en la renovación de nuestra vida por
el perdón de nuestra culpa, tiene validez también para los esposos
y debe ser el centro del anuncio del evangelio en la cura de alma
y del trabajo pastoral con los matrimonios.
Pero igualmente conocemos la fuerza destructora del pecado que
destruye donde la fe construye. Estas fuerzas destructoras de
dentro y de fuera del matrimonio, en situaciones difíciles o
extraordinarias, pueden causar una rotura que lleve a la
destrucción total sin la posibilidad de una renovación. En estos
casos, y después del fracaso de todos los esfuerzos para la
renovación de ese matrimonio, la separación y el divorcio y
también la aceptación de un nuevo matrimonio, podría ser una ayuda
para ese matrimonio fracasado y para su familia. Comprendemos este
actuar como esfuerzos y servicios a favor del matrimonio y de la
familia. Lo mismo pensamos de una colaboración de Iglesias y
Estado para el perfeccionamiento de las leyes de divorcio a favor
de los esposos e hijos en un juicio civil.
Este actuar de las iglesias de la Reforma está en conformidad con
las iglesias ortodoxas y no significa la renuncia a nuestra
enseñanza de la estructura matrimonial como monogamia para toda la
vida. La aceptación de un derecho de divorcio se fundamenta en el
conocimiento del poder del pecado. Quien quiera imponer a toda
costa la indisolubilidad del matrimonio mediante el derecho, debe
permitir que se le pregunte por el valor que asigna al éxito de la
ley.
Las iglesias de la Reforma comprenden la bendición nupcial de
divorciados como un caso excepcional, no anulando con ello el
principio del matrimonio pactado para toda la vida. Creyendo que
por arrepentimiento y perdón se abre un camino nuevo a los que se
hicieron culpables por su fracaso, la Iglesia, según nuestra
opinión, no puede negar en forma general y en cada caso un nuevo
matrimonio con una bendición nupcial, sin ocultar las dificultades
en el tratamiento pastoral en ese caso especial.
En los matrimonios libremente pactados se realiza la capacidad
mutua de amor de un hombre y de una mujer que nos fue dada con la
sexualidad. Por este don, otorgado por Dios, estamos capacitados y
encargados a participar responsablemente en él sostén del género
humano. Los hijos son don y deber dados con el matrimonio. El
número de los hijos y el intervalo entre los partos son
responsabilidad de los esposos ante Dios. El matrimonio que niega
de principio esta responsabilidad a favor del sostén del género
humanos, falta al sentido de su matrimonio. Hoy no podemos decir,
como hace siglos, que el sentido del matrimonio con el don de la
sexualidad está en la procreación, en el alumbramiento y en la
educación de hijos. La capacidad mutua del amor y la realización
de la existencia humana por vivir su sexualidad en el matrimonio,
son valores en sí mismos y son fundamentales en un matrimonio,
también en el caso que no pueden recibir hijos. Las iglesias de la
Reforma no pueden aceptar el aborto como una forma de la
regulación de nacimientos.
Hablando de matrimonios, no olvidamos que también los no-casados
reciben de Dios posibilidades y tareas especiales para poder vivir
plenamente su vida humana, claramente diferente a la de los
casados, pero siempre según la voluntad del Creador, ya que son
sus queridas criaturas igual que los casados.
1 Timoteo 4: 5
"Pues todo lo que Dios ha creado es bueno; y nada debe ser
rechazado si lo aceptamos dando gracias a Dios, porque la palabra
de Dios y la oración hacen sagrado."

Carlos Schwittay